3er Encuentro Internacional de Escritores

La Comida también es Literatura. UACM

Instituto Nacional de Bellas Artes

Ciudad de México 18-21 octubre 2017

La comida y el origen del concepto restaurante en Las Trinas Cuadras
Lectura de algunos platillos
y delicias neologistas
en Las Trinas Cuadras

Exédesis y exédetas

por

Cere Santos (Premio Nadal 2017)

El Periódico, 9 octubre 2017

Por vueltas que le doy, no logro comprender cómo los responsables de Twitter no me han escogido a mí como uno de los privilegiados usuarios autorizados a escribir mensajes de 280 caracteres. Con lo cortos que se me quedan a mí los 140. Con la de veces que he modificado, adulterado, mutilado, borrado, o dejado por imposibles mis tuits. ¿Cómo no han recompensado mis esfuerzos, mis penalidades, mis sacrificios? ¿Para eso tantas preposiciones mutiladas o silenciadas? ¿Para eso tanto verbo elíptico? 

Porque ¿no deberíamos los novelistas tener derecho automático a los mensajes largos? Que los cortos se los quede el aforista, el microcuentista, el poeta afecto al verso suelto. Es más, yo crearía mensajes de 70 caracteres para políticos aliterantes e hiperbólicos, para graciosos sin gracia y para repentistas del insulto. Crearía un sistema de méritos por el cual se pudiera conquistar la longitud a fuerza de buenas prácticas. 70, 140 y, al fin, ese parnaso de privilegiados con verborrea, los 280. 

Periodistas y políticos

Aunque se puede insultar mucho con muy pocos caracteres. Tal vez lo malo sea contar en lugar de pensar qué se dice. Igual nuestro cerebro no está preparado para la doble función y se bloquea. En el mismo Twitter descubro a un señor llamado Javier Enríquez S., inventor de palabras y autor de diccionarios de términos imaginarios, que ha acuñado el sustantivo exacto para este fenómeno: "Exédesis". Dícese de la ofuscación mental que sobreviene al pensar en el número de palabras del discurso y no en el mensaje a transmitir. La sufren sobre todo periodistas y políticos, a decir del palabrólogo.

Aunque yo misma voy sintiendo sus efectos. Me vuelvo una exédeta (que es la persona que sufre de exédesis, claro) a fuerza de escribir, dentro o fuera de Twitter. En este instante, por ejemplo, al saber que esta columna no puede sobrepasar los 2.000 caracteres, ya me estoy ofuscando. Mi mente ya no recuerda qué es lo que estaba diciendo. Ni contra quién iba este artículo, si es que iba contra alguien.

Mi extraordinario viaje de regreso a Europa.

 

No es ficción. Todo sucedió. Octibre 2017

 

Después de un inolvidable viaje a México al Tercer Encuentro Internacional de Escritores, regresé a la Costa Brava vía Ámsterdam. Exquisitamente cansado por la calurosa recepción de mis presentaciones literarias y el ajetreo de la ciudad, abordé el avión con mi esposa. Vuelo 686 de KLM. Poco después de despegar, cerré los ojos y comencé a dormitar. Pensé que era el inicio de un descanso, fatigado por experimentar tantas experiencias emotivas. De pronto ella me movió. Me dijo que por el altavoz la tripulación anunció que requerían la asistencia de un médico. Me presenté con la tripulación. Me dirigieron a la parte trasera del avión. Como en otras ocasiones, esperaba un caso de lipotimia, una patología cardiaca, un accidente vascular cerebral o un choque diabético. Nada de eso. Fue un caso psiquiátrico. Y yo era el único médico a bordo.

 

Nueve horas más tarde, regresé a mi asiento junto a mi esposa por unos minutos para comer algo. Sorprendida por mi larga ausencia (ella no quería irrumpir y a propósito no me buscó), me preguntó:

--¿Qué sucedió?

--Si te lo digo, no lo vas a creer. Pensarás que es una de mis invenciones novelísticas.

 

Fuimos los últimos pasajeros que desembarcamos. Le relaté todo al salir del avión, después de la conmoción al desembarcar y de los agradecimientos (y champagne) del capitán y la tripulación.

 

Si los eventos hubieran sucedido en una aerolínea americana, estoy seguro que estarían en las noticias y en la erróneamente llamada forma “viral” en las redes sociales.

 

Cuando me presenté ante los miembros de la tripulación me informaron que un pasajero estaba extremadamente inquieto, deambulando rápidamente por los pasillos de la cabina con delirios de persecución y repitiendo que lo querían matar. Mencionaron las palabras “psicosis” y “esquizofrenia”. El jefe de azafatas había consultado a un médico de la aerolínea, quien recomendó tranquilizarlo con diazepam.

 

Recordando mis rondas psiquiátricas en la escuela de medicina hace muchos años, comencé a charlar con el enfermo, sentados en la última fila, en la parte trasera del avión. El paciente austriaco de 27 años de edad hablaba un inglés excelente y con muy buen vocabulario. Efectivamente, él estaba seguro que todos en el avión eran actores, que alguien lo quería matar y que tenía sangre en la boca. Me confesó que todo comenzó unos días antes, durante su estancia en la Ciudad de México. Había visto a un médico quién le recetó haloperidol.

 

Le hice muchas preguntas para formarme una impresión clínica, establecer un diagnóstico y sobre todo solidificar un vínculo con él y ganar su confianza. Sin presionarlo, le ofrecí que tomara dos tabletas del relajante muscular. Sin previo aviso se levantó y se dirigió al área de cocina inmediatamente detrás de nuestros asientos. Fui con él. Pensó que los vasos con agua y jugos de fruta estaban con drogas y ácido lisérgico. Allí estaba una azafata, quien escuchó nuestro intercambio. Súbitamente, él se abalanzó sobre ella y la comenzó a ahorcar con ambas manos. Yo traté de jalarlo, pero la tenía sujetada con mucha fuerza. Vi sus dedos presionando la tráquea y los ojos desesperados de ella. Brinqué y al bajar con mi antebrazo derecho le pegué en ambos brazos y se los doblé a nivel de los codos. Cedió. La azafata salió corriendo. Lo sujeté. Le pregunté por qué lo hizo. Se mostró tranquilo nuevamente. No lo sabía. Lo regresé a su asiento y me senté junto con él. Tenía yo decenios sin tener que ejercer fuerza violenta en alguien, pero me sentía sosegado.

 

Supe que la azafata estaba bien, pero traumatizada. Estuvo llorando por mucho tiempo y no salió del área privada para la tripulación sino hasta que habíamos aterrizado. Al revisarla, pude ver con agrado que su cuello no tenía lesiones.

 

Regresé con el paciente y continué mi diálogo con él. Todo este tiempo estuve en comunicación con los dos miembros masculinos de la tripulación, quienes actuaron muy profesionalmente. Ambos tomaron turnos para sentarse del otro lado del paciente. Al menos así podíamos bloquear su salida. No resultó. Unos minutos después el paciente se levantó, corrió por el pasillo y saltó sobre el asiento de una pasajera que estaba dormida. No la tocó. Ella gritó, otro pasajero comenzó a gritar. Tomé al paciente de los brazos y regresamos a nuestros asientos.

 

En estos casos la solución más rápida es esposar o inmovilizar parcialmente al individuo, inyectarlo intravenosamente con un tranquilizante y esperar llegar a nuestro destino. Teníamos todo preparado. Decidí que podía controlar la situación sin medidas extremas. Los hombres de la tripulación, el capitán y yo dialogamos al respecto. Les recomendé que yo me quedara con él. Así lo hice.

 

Durante mi larga conversación con el paciente, él repetidamente  se metía un dedo a la boca y me lo mostraba. Me decía que tenía sangre. No tenía sangre y se lo dije en cada ocasión. Finalmente le pregunté: ¿Quieres ver sangre? Le mostré mis nudillos. Efectivamente, mis nudillos tenían heridas pequeñas y sangre seca, ya que sin guantes le había pegado al costal esa mañana en el gimnasio. Le comuniqué mi experiencia en Tae Kwon Do. Fue una forma de que entendiera que conmigo no podía jugar. El me palpó los nudillos y sintió mis callos. Funcionó.

 

Platicamos por mucho tiempo. Yo dirigí la conversación enfocado a sus intereses. Hablamos sobre  la evolución humana, sobre Homo neanderthalensis, Homo floresiensis, Homo heidelbergensis y Homo sapiens. Sabía sobre genotipos y fenotipos. Le conté sobre la expresión del gen FOXp3 en neandertales. Él me contó sobre libros que había leído. Hablamos de Richard Feynman, de Niels Borg. Charlamos de sus extensos viajes por todo el mundo, de su familia, de su trabajo en programación cibernética. El paciente era un individuo inteligente, leído y viajado. Me confesó que hasta hace 5 días su vida era normal. Toda su confusión mental comenzó en la Ciudad de México. Me confesó que todo en su cerebro estaba extremadamente complicado y lo repitió varias veces.

 

Mis objetivos durante todo este tiempo eran que confiara en mí, que tomara las tabletas de relajante muscular, y que estuviera tranquilo hasta aterrizar. Lo convencí al explicarle que las tabletas estabilizarían sus neurotransmisores y disminuirían su confusión, haciendo analogías del cerebro humano con memorias de computadoras. Finalmente, después de un tiempo las tomó. Durmió durante la última hora del vuelo.

 

No soy psiquiatra, pero pensé que padecía de esquizofrenia paranoica. Recuerdo que la enfermedad se presenta generalmente en personas jóvenes e inteligentes quienes forman conspiraciones complejas de persecución.

 

Al llegar a Ámsterdam lo esperaban dos guardias para llevarlo con un médico. Se lo dije. Siempre intenté ser honesto con él. Lo aceptó sin sorprenderse. Al aterrizar corrió hacia la puerta y yo detrás de él. Un miembro de la tripulación le dijo que si no se sentaba no abriría la puerta. Lo dirigí hacia un asiento y lo senté.

 

Cuando se lo llevaron sentí alivio, pero también tristeza. Al abordar el siguiente vuelo a Barcelona, nos notificaron que habían cambiado nuestros asientos a primera clase. A pesar de ello, fue una larga noche.

Artículo y entrevista sobre el Lexinario, Diccionario de lo Inefable de Javier Enríquez Serralde en la revista La Digna Metáfora.

Artículo titulado “Los monopolios editoriales se enfocan en pocos libros con potencial de lucro”

14 noviembre 2016

Javier Enríquez Serralde con su ponencia Lexinario, Diccionario de lo Inefable, cierra La Semana Lingüísta en la UAM-I Ciudad de México  

28 octubre 2016

Próximamente

Los Cuadros Quinos

Entrevista en la revista Proceso,

Julio 2014

diccionario de lo inefable ineffable Javier Enriquez Serralde lexinario autor escritor novelista medico cientifico blota blova plebonia pleoniria neobardismo euminidazo predubilacion onyo eab las primas segundas trinas cuadras quinos
diccionario de lo inefable ineffable Javier Enriquez Serralde lexinario autor escritor novelista medico cientifico blota blova plebonia pleoniria neobardismo euminidazo predubilacion onyo eab las primas segundas trinas cuadras quinos

Su cuento Yankal fue premiado como finalista entre 661 cuentos en el concurso literario La Felguera en España

1993

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© 2016 por Javier Enríquez Serralde